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#MartesDeRelato

EL ENCUENTRO CON LA CERTEZA

Estás acostada en una camilla, te ponen un gel frío en tu panza descubierta y el señor que te hace la ecografía sonríe tranquilo. Que sonría, te alivia. Hay un corazón que titila y que suena como el galope de un caballo. No se ve tan claro, pero podés adivinar un par de piernas que se mueven, un brazo, otro más y un puño que se abre y se cierra. También ves su cabeza y reconocés su perfil.  Tenés a tu marido al lado. Te agarra la mano. Está nervioso, vos también. Es que les están a punto de contar aquello que hace un tiempo están esperando…

Hay momentos que no te olvidás. Qué estabas haciendo cuando pasó tal cosa, dónde estabas, con quién. Detalles, reacciones, miradas, emociones, sensaciones corporales. Miro la cara de JP, el mismo que me hizo las ecografías de mis otros hijos, y reconozco sus gestos, sus formas, su silencio. Por unos minutos no dice nada, está concentrado haciendo su trabajo. No lo quiero molestar pero -pucha- esos segundos se me hacen eternos. Decime algo, pienso. Decime que todo está bien.

No sabría cómo explicar qué es lo que se siente antes de cada ecografía. Si digo «nervios» me estaría quedando corta. Nervios tenía antes de cada final en la facultad, nervios me dieron los partidos del mundial o la noche previa a un viaje. Pero antes de una ecografía  -de esa ecografía clave en la que además te van a contar si es él o ella- lo que se siente es otra cosa. Entonces no sabría explicarlo, porque hay ciertas situaciones que no pueden describirse con un par de palabras. Es cómo el vértigo que sentís cuando estás en la parte más alta de la montaña rusa. Hay calma, silencio, expectativa. Es la previa a la caída libre. Revolución. Revelación. Sonrisas, gestos, mensajes corporales que trato de decodificar. Esa información que modifica, esa duda que se evapora. El encuentro con la certeza. Prioridades que se acomodan. Palabras que interpelan, que quedan retumbando como eco. Una imagen que se mueve en blanco y negro. Un puño en alto, que se abre y se cierra. No pedís mucho. Ahí, acostada en una camilla, caes en la cuenta de que lo único que de verdad querés es una sola cosa. Lo superfluo se reduce a la nada. Volvemos a lo básico. Decime que todo está bien. Y listo.

Entonces me encuentro cara a cara con la certeza de que sí, que todo parece ir bien y también con la certeza de que lo que la vida me propone es claro: seguir siendo la única superheroína de esta historia repleta de superhéroes.

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