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#MartesDeRelato

NO ME DIGAS SEÑORA (VOL.II)

Voy a tener 87 años y voy a seguir sintiendo ese calor que me sube por el esófago cada vez que me dicen «señora». El calor es más intenso cuando lo deslizan -así, sin reparos- si estoy sola, sin hijos. Sí, ahí duele más. Como una patada certera en el tabique o tal vez como un dolor de muela. Si justo te cruzaste conmigo y justo estaba sola y justo me dijiste señora y justo estaba con mi autoamor mal dormido, el rayo láser que justo destilen mis pupilas te va a molestar más que mirar un eclipse justo sin anteojos.

No me digas señora, por favor. ¿No ves que uso mochila y zapatillas? Bueno, está bien, en mi mochila hay tres pañales, un chupete y una galletita mordida que mi hijo me dio y no supe donde tirar; pero eso no tenés por qué saberlo. Así que, no me digas señora. ¿No entendés que puedo bailar el meneaito hasta el piso sin caerme? Bueno, ok, tal vez me tire algún músculo cuando lo haga pero no sabés lo que eran mis meneaitos en las fiestas hace un par de años. Un poema. Si quisiera puedo ir a un boliche y seguro me piden documento para chequear mi edad, eh. Sí, tenés razón, al otro día no me despierta ni Dios pero eso tampoco te da a derecho a llamarme señora.

Te propongo que, en vez, me digas «niña», total no te cuesta nada y a mí me hacés muy feliz. Como el señor que atiende el kiosco de la esquina de Arenales y Azcuénaga que -ayer- cuando entré buscando una coca light y una barrita de cereal, me dijo tan amorosamente: «¿niña, qué necesitás? Ahí nomás mi autoamor se despabiló, sacudió su cabeza y se aclaró la garganta. Se puso de pie, lento y contento, y saltó en una pata, ahí en el medio del kiosco. Un descarado. Yo lo miré al señor que atiende el kiosco y le sonreí. No lo abracé porque me pareció demasiado pero ganas no me faltaron.
No me digas señora, por favor. Porque voy a creer que se lo decís a la señora que está atrás mío en la cola del banco, aunque me de vuelta y no haya nadie. Voy a seguir mirando para el costado sin darme por aludida, ¿sabés? Si entro en tu verdulería no me digas «señora, que anda buscando» porque ahí mismo doy media vuelta y me voy derechito a la verdulería de la competencia, la que está cruzando la calle y que además tiene el kilo de tomate más barato. Y si me decís señora, ojala pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve o algo, como bien lo canta Silvio Rodríguez.
Si querés insultame, decime que tengo menos onda que un renglón o que el jean que me salió carísimo me queda pésimo, pero por favor: no me digas señora.
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